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10.6.11

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Corría con toda mi capacidad tras el ente. No quería dejar de escuchar lo que tenía que decirme, porque algo, estaba seguro, tenía que decirme. El camino se tornó despejado, llegamos a una llanura y aún creyendo poder alcanzarlo contemplé cómo llegó al precipicio que se formó delante y dió uno de sus acostumbrados saltos hacia el cielo. Me detuve un momento viéndolo desaparecer mientras descansaba mi cuerpo. Volvía a voltear hacia cada lado inútil, desesperadamente, tratando de encontrar algún residuo, algún sonido. Nada. Me tiré sobre la tierra. El silencio del mundo volvía a cubrirme y yo prometía, de nuevo desde que me quedé sólo, alcanzarlo el próximo día que escuchara ese aviso lejano que indicaba su cercanía, la que cada vez con mayor empeño necesitaba el último hombre que quedó en la Tierra.

4.5.11

La última memoria

El día que vi la culminación de la vida me encontré impasible.

Yo quería pasar el tiempo viendo cómo a lo lejos el universo se desintegraba. Por instantes vi correr la sangre a raudales, gente, como siempre, gritando, sólo más asustada.

Agua, tierra, al fin sucedía.

Al fin los cuentos de mis padres existían, al fin algo me parecía importante. Al fin valía la pena estar vivo.

Al fin moriría.

Me equivoqué.

La resolución, la novedad, la noticia, el resplandor, fueron algo excitante, pero empezaba de nuevo. Diferente, pero de nuevo comenzaba.

La acción de otro sobreviviente bastó para querer más que nunca hundirme en la nada, tomó sólo unos segundos. La espera resultó vacía, lo que alguna vez pude, quise esperar, se desvaneció.

La última lágrima corrió y vi por primera y última vez la imagen del renovado, mismo mundo.

Iba, eternamente, a ser imposible.